sábado, 3 de octubre de 2020

John FitzGerald Kennedy


John Fitzgerald Kennedy (BrooklineMassachusetts29 de mayo de 1917DallasTexas22 de noviembre de 1963) fue el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Fue conocido como John F. Kennedy; «Jack» por sus amigos; o por su sobrenombre JFK.


Nacionalidad: Estados Unidos
Brookline, Massachusetts 29-5-1917 – Dallas, texas 22-11-1963
Presidente 1960 – 1963

Pocos personajes como Kennedy a lo largo de la Historia han tenido una carga simbólica y representativa tan importante. Su figura sirve como icono cargado de los valores de toda una época, los años sesenta, probablemente sobrevalorada en cuanto a los logros efectivos y los cambios y transformaciones conseguidas, pero sin duda apasionante en cuanto al espíritu de renovación, al ímpetu y la búsqueda de nuevas formas políticas, sociales y culturales. Si en los años sesenta confluyen dos mundos, uno que se acaba -el de la posguerra- y otro que empieza a brotar -el de la globalización y la postmodernidad de finales del siglo XX-, Kennedy puede por sí solo representar la piedra de toque del cambio y el proceso de transformación.
Y no es que, en lo personal, sus acciones difirieran demasiado de las de algunos de sus predecesores o introdujera modos excesivamente radicales de hacer política, sino que su figura, su carisma, su imagen pública, sus gestos fueron entendidos por una sociedad ávida de cambios como el símbolo de la llegada de nuevos tiempos.

Y su muerte, revestida de cierta teatralidad y repetida hasta la saciedad por un medio -la televisión- cuya capacidad de creación de personajes y mitos ya se empieza a vislumbrar, contribuye aún en mayor medida a agrandar la figura del personaje, dando a la sociedad lo que ella misma tan ansiosamente demanda e incluso necesita. Como el de Lincoln, el asesinato de Kennedy contribuyó a magnificar su imagen y su recuerdo, a veces incluso deformando aspectos concretos de su persona y sobrevalorando u obviando algunos extremos de su acción política. Kennedy fue un político de fuerte imagen y tirón popular, pues no se debe olvidar que fue el más joven presidente de los Estados Unidos.

Simpático, bien parecido, sus discursos llegaban a un electorado que recibía de buen gusto consignas de apertura y renovación. La utilización de un medio audiovisual de importancia creciente como la televisión le dio una popularidad parangonable con la alcanzada por Roosevelt en sus discursos radiofónicos. Kennedy, en fin, es producto de su época en la misma medida en que él mismo, más aun, su imagen como personaje, contribuye a representar aires de cambio y renovación en una sociedad como la norteamericana de los años sesenta, que se ve a sí misma en la vanguardia del mundo occidental.

Segundo hijo de una familia numerosa, su padre supo hacer un imperio económico a partir del patrimonio modesto heredado de su abuelo Patrick, de origen irlandés. Gracias a la especulación en bolsa, las inversiones en la pujante industria cinematográfica, el negocio del alcohol en los tiempos de la Ley Seca o el alquiler de viviendas populares, Joseph Kennedy logró amasar una inmensa fortuna que le colocó entre lo más granado de la cerrada sociedad bostoniana. Conseguida una inmejorable posición económica, el acceso al poder político se produjo en virtud de su matrimonio con Rose, hija del alcalde de Boston, lo que le colocaba en una envidiable situación cercana a los círculos del poder.

Su olfato político y empresarial le llevó a apoyar la campaña electoral del futuro presidente Roosevelt, lo que sin duda acrecentó su poder e influencia en el ámbito norteamericano. La crisis de 1929 y el crack de la bolsa de Nueva York no mermaron su posición económica, saliendo reforzado gracias a su visión para los negocios y a los contactos políticos.

Después de la recesión, fue nombrado inspector general de Wall Street, no sin levantar recelos y suspicacias en el mundo financiero y empresarial de Nueva York, que le consideraba un recién llegado o advenedizo. En 1938 fue nombrado embajador en Londres, cargo que desempeñará hasta 1941, gracias a su amistad con Roosevelt, lo que significa el punto culminante de su carrera política. Consciente de su papel como fundador de una dinastía política y económica, su ambición personal se proyecta a partir de entonces en sus hijos, a los que preparará para asumir en el futuro altos cargos en la administración norteamericana. Ambiciona que alguno de sus vástagos ocupe el sillón presidencial, para lo que les inculca valores como el sacrificio y la competitividad.

En un principio, las esperanzas del patriarca están puestas en el hermano mayor, Joseph. Este ejerce un papel protector sobre John, un niño débil y enfermizo, con problemas en la espalda que le causan fuertes dolores a lo largo de toda su vida.

John estudia en el Croate College de Wallinford (Connecticut), sin lograr brillantes resultados. En 1936 ingresa en la Universidad de Harvard, cantera de altos cargos en la Administración estadounidense, donde estudia Derecho. Hasta entones no muestra un especial interés por la política. Sin embargo, su padre estimula sus inquietudes políticas y sociales al enviarle durante dos años (1937-38) de gira por varios países europeos. Parece ser que la Guerra Civil española, acontecimiento en el que muchos jóvenes de la época adquirieron conciencia política, sirvió de catalizador de sus intereses y le encaminó hacia el abandono de los estudios en Derecho y su licenciatura en Ciencias Políticas. Así, en 1940, se graduó con una tesis sobre la “política de apaciguamiento” hacia el expansionismo nazi desempeñada por Gran Bretaña y su primer ministro Chamberlain, titulada “¿Por qué dormía Inglaterra?”.

1942

Su conciencia democrática y patriótica le hizo intentar alistarse en la Marina al iniciarse la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial, siendo rechazado por sus problemas de espalda. La intercesión de su padre logró que fuera finalmente admitido, prestando servicio como comandante en una lancha torpedera destinada en el Océano Pacífico. Una acción de guerra le valió ser condecorado, pues ayudó a salvar a un compañero de morir ahogado tras ser hundido su barco por el destructor japonés Amagiri, en 1943.

De vuelta a Estados Unidos hubo de pasar una larga temporada reponiéndose de su lesión, agravada por la Guerra, tras lo cual encaminó sus actividades hacia el desempeño de la profesión periodística. En este momento no confía en poder iniciar su carrera como político, pues ve fuertemente mermada su capacidad física por su lesión de espalda. Trabaja entonces como comentarista político en el International News Service, si bien a los pocos meses su vida da un giro inesperado. En 1944, su hermano mayor Joseph, que prestaba servicio en la aviación estadounidense, muere accidentalmente cuando se dirigía a destruir una fábrica alemana de bombas. Ante este hecho, el patriarca familiar decide proyectar en el joven John las ambiciones políticas que tenía puestas en Joseph.

La carrera política de John se inicia en 1946, cuando consigue un puesto de congresista por el estado de Massachusett. La larga mano de su padre está detrás de su nominación: su influencia política y su poder económico se ponen al servicio de la campaña electoral de John en el seno del Partido demócrata, quien sólo cuenta 29 años y debe transformar su vida y su personalidad para conseguir hacer de sí mismo un político profesional.

Comienza así una ascensión fulgurante tanto en el seno del Partido como del ámbito político norteamericano. En 1948 y 1950 es reelegido para el cargo, lo que acrecienta su popularidad y capacidad de influencia. Ya no es aquél joven tímido de cuando empezó, sino que sabe valorar y utilizar sus armas físicas e intelectuales.

El electorado y su propio partido le ven como un joven pujante, emprendedor y culto, representante de una nación y una sociedad que se ven a sí mismas poseedoras de valores semejantes. Estados Unidos ha sido la gran triunfadora de la Guerra. Su entrada en la contienda ha servido para salvar a las rancias democracias europeas del acoso de los totalitarismos y su aportación económica se empieza antojar fundamental para la reconstrucción de Europa, como demostrará el Plan Marshall. Los Estados Unidos, con menos de doscientos años de historia, ocupan ahora una posición hegemónica en el conjunto del mundo occidental, gracias a su capacidad de sacrificio, esfuerzo y superación. Son todos ellos valores que el electorado proyectará sobre la figura del joven Kennedy, quien se plantea ahora dar un paso más en su fulgurante carrera política: ser senador. Resultará fácil, pues logra una diferencia de más de 70.000 votos sobre su oponente, Henry C. Lodge.

El mismo año de su elección como senador conoció a su futura esposa, Jacqueline Lee Bouver, por entonces periodista del Washington Times Herald. El papel de su esposa en la carrera política de Kennedy no debe ser desdeñado, pues contribuyó a dar del futuro presidente una imagen de hombre de familia que complementaba las aptitudes antes citadas. Incluso tras la muerte de John, la figura de Jacqueline juega un papel simbólico de primer orden en la sociedad norteamericana, como la “viuda de América”.

En 1957, Kennedy gana el premio Pulitzer gracias a su libro “Perfiles de Coraje”, en el que describe, a través de la figura de personajes importantes de la historia de Estados Unidos, los valores y características que aportaron para el desarrollo de la nación: el sacrificio personal, la entrega, la fortaleza de carácter. No en vano, Kennedy escribe este libro durante un periodo de convalecencia, pues ha sido operado de la espalda.

Su ambición política, detrás de la que está la figura de su padre, le hace intentar formar parte de la candidatura demócrata a la presidencia, acompañando como vicepresidente a Adlai. E. Stevenson. Sin embargo, su propuesta es rechazada por su propio partido, lo que hace que en las siguientes elecciones se postule directamente como candidato presidencial.

Reelegido para el senado en 1958, es designado por la Convención como candidato para las siguientes elecciones nacionales. En torno a sí, reúne un grupo de trabajo formado por jóvenes liberales, entre los que destaca su hermano Robert. Aunque derrota a su oponente Johnson, posteriormente le incorpora como vicepresidente en su etapa de gobierno.

El dúo Kennedy-Johnson se presenta a las elecciones con un programa demócrata liberal. Enfrente está, por el partido republicano, Richard Nixon. La campaña electoral es dura, pues el electorado norteamericano parece remiso a confiar en un candidato a presidente demasiado joven, conforme a los precedentes. Se le achaca también, en un país de mayoría protestante, su condición de católico, ante lo que Kennedy alega que, caso de ser elegido, sus creencias religiosas no interferirán en sus decisiones políticas.

Aprovechando su imagen jovial, lanza un programa renovador, muy crítico con el estatismo de la etapa presidencial de Eisenhower. Kennedy quiere que el electorado identifique su figura con la de los pioneros que construyeron la nación americana: jóvenes, dinámicos, luchadores. Denomina a su programa como Nueva Frontera, bajo el cual promete emprender una renovación de las estructuras sociales, políticas y económicas que acaben con las desigualdades raciales y económicas. Pretende, además, integrar al electorado en la presidencia del país e incorporarlo a los ámbitos de decisión, siguiendo una frase para él muy querida: “No preguntes lo que América puede hacer por ti sino lo que tú puedes hacer por América”.

Sólo 130.000 votos de diferencia le permiten derrotar a Nixon en 1960. Muy importante resulta, por primera vez, el debate televisado que enfrenta a ambos. La imagen de un Kennedy joven, seguro de sí mismo e inteligente se opone a la de un Nixon con barba, algo torpe y lento de reflejos.

Llegado al poder, nombra a su hermano secretario de Justicia, e incorpora a Robert McNamara como responsable de Defensa y Rusk como secretario de Estado.

Los objetivos del nuevo gabinete son el desarrollo económico, la elaboración de una eficaz política de defensa frente a la URSS y el comunismo, la reforma de una Administración anquilosada y el despliegue de una política de intervención en América Latina -llamada Alianza para el progreso- que, a partir del desarrollo económico, impida la expansión del comunismo en los que muchos entienden como el “patio trasero” de Estados Unidos. Igualmente son importantes sus iniciativas de contenido social, fundamentalmente dirigidas por su hermano Robert.

Volcado en política exterior -no olvidemos que la URSS y EEUU juegan en esta época una partida de ajedrez, con misiles de por medio-, su primera crisis importante surge con la Cuba comunista de Fidel Castro. Kennedy teme que el ejemplo cubano se transmita a otros países latinoamericanos, “efecto dominó”, por lo que emprende un programa de ayudas por un importe de 46.000 dólares, destinado a lograr el desarrollo económico regional. Todos los países americanos aceptan de buen grado la ayuda americana, excepto Cuba, en la órbita de la URSS.

En 1961, siguiendo un plan trazado durante la presidencia de Eisenhower, un grupo de cubanos exiliados en Miami intentaron, con el visto bueno de Kennedy, tomar la isla caribeña desembarcando en Bahía de Cochinos. El intento acabó en un sonado fracaso y dio al traste con la política de distensión que EEUU y la URSS, con Kruschev al frente, intentaban implantar. Además, sirvió para que Castro fortaleciera su posición en el poder, inaugurando un problema de malas relaciones que se extenderá hasta la actualidad. No obstante, un episodio de mayor gravedad sucederá en 1962, cuando aviones espía norteamericanos descubran la instalación de misiles soviéticos en Cuba.

La reacción de Kennedy fue imponer un bloqueo total de la isla hasta que los misiles no fuesen desmantelados. Las relaciones entre EEUU y la URSS empeoraron hasta el punto que durante unos meses se temió el estallido de una guerra nuclear. Finalmente, el líder soviético accedió a desmantelar las instalaciones. Con ello, Kennedy se apuntó diversos tantos: su política de firmeza le ganó los apoyos de su electorado y del bloque occidental; además, se apuntó un tanto en el particular enfrentamiento con la Unión Soviética y enseñó el camino de lo que pasaría si en otros países intentara imponerse un sistema comunista.

A pesar de ello, la partida continuaba, y esta vez el tablero se desplazaría al sudeste asiático. En Indochina, expulsados los franceses, el comunismo parecía instalarse en Laos. Kennedy lanzó un programa de ayuda militar al gobierno pro-estadounidense que incluía la intervención directa de tropas norteamericanas. La situación llegó a un “impasse” en el que se produjo un alto el fuego y una reunión en Viena con Kruschev, en la que ambos líderes acordaron la neutralidad de Laos.

Otro punto de fricción entre ambos dirigentes tuvo relación con la ciudad de Berlín. Ocupada por los aliados tras la II Guerra Mundial, la ciudad estaba dividida en dos sectores, uno occidental, bajo influencia norteamericana, y otro oriental, bajo control soviético. La decisión de estos de levantar un Muro que impidiera el acceso entre ambos lados supuso un motivo enfrentamiento, que nuevamente dio como resultado el envío de tropas norteamericanas.

El mismo Kennedy viajó a Berlín en 1963 para mostrar su apoyo a la población del margen occidental. “Yo también soy berlinés”, pronunció. Kennedy estaba en la cresta de su popularidad, aclamado por las poblaciones que visitó. Su deseo de implantar una distensión en las relaciones con la URSS le llevó a sugerir el establecimiento de una línea de comunicación directa entre el presidente norteamericano y el máximo dirigente soviética, que en adelante evitara la posibilidad de un incremento en la escala de tensión. Es el llamado “teléfono rojo”.

Su pretensión de acabar con la Guerra Fría, en los que coincide con otra personalidad notable, Kruschev, le llevan a firmar un tratado con la URSS y Gran Bretaña por el que se prohíben las pruebas nucleares.

Si son notables sus logros en política exterior, sí que cabe achacarle un error mayúsculo y de importancia capital para la historia de su país. Solucionada la crisis de Laos, promueve la intervención directa de Estados Unidos en Vietnam, en contra del gobierno comunista de Diem. El envío de 16.000 soldados supone el comienzo de un conflicto cuya significación en la memoria histórica norteamericana no puede ser más negativa, pues supusieron la pérdida de miles de vidas humanas en un conflicto que aquélla sociedad nunca pudo entender.

En política interior, su programa de reformas hubo de hacer frente a la mayoría republicana en el Congreso. Su primera iniciativa fue la sujeción de la inflación, a la que siguió el establecimiento de un salario mínimo, la implantación de un programa de obras públicas y la reducción de impuestos.

Su política social incluyó algunos programas de distribución de alimentos a los grupos desfavorecidos y la subvención de la enseñanza pública. Sin embargo, la promoción de una igualdad entre negros y blancos resulta un punto negativo en su política interior, pues sólo realizó tímidos avances una vez lograda la presidencia. No obstante, aunque más efectistas que efectivas -como le achacaría Martin Luther King-, sus intervenciones, en especial la de su hermano Robert, en favor de la igualdad racial abrieron un camino que terminaría por expandirse en los próximos años, en especial durante el periodo liberal de Johnson.

El 22 de noviembre de 1963 Kennedy se encontraba en Dallas con motivo de una gira electoral que le había llevado por varios estados. Saludando a la multitud desde un coche descubierto, recibió varios disparos en cabeza y cuello que le causaron la muerte. El autor único, según la investigación del suceso a cargo del juez Warren, fue Lee Harvey Oswald, un enajenado ex-marine pro-comunista. Arrestado poco después de los sucesos en el interior de un cine, dos días más tarde fue asesinado por Jack Ruby, quien murió también poco más tarde en circunstancias poco claras.

A partir de entonces, las dudas, lagunas y conjeturas acerca del asesinato de Kennedy no han hecho sino aumentar, apuntando la posibilidad, nunca desvelada, de que fueran varios los autores del crimen y respondieran a una conjura contra el Presidente.

Su asesinato conmocionó a la opinión pública, contribuyendo, aun más que su carrera política, a la creación de un mito.




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