sábado, 2 de enero de 2021

Billy Wilder

Samuel Wilder, más conocido como Billy Wilder (SuchaImperio austrohúngaro22 de junio de 1906 – HollywoodEstados Unidos27 de marzo de 2002), fue un director de cineguionista y productor estadounidense de origen austríaco seis veces ganador del Premio Óscar (uno como productor, dos como mejor director y tres como mejor guionista).



Perteneciente a una familia de mesoneros y hoteleros, el que con los años se convertiría en uno de los grandes escritores y directores de Hollywood pasó su infancia entre un padre débil al que adoraba y una madre fuerte con la que nunca conectó y con la que debía pasar los veranos en Marienbad, donde ella seguía una cura especial de salud. A causa de una tradición judía, los hijos debían portar los nombre de los abuelos muertos, así que a Wilder le pusieron Samuel, pero su madre se lo cambió, más tarde, por el de Billie. Cuando llegó a América no tuvo más que americanizarlo (es decir, cambió la ie por y) y, en adelante, pasó a llamarse Billy.

Wilder pasó su infancia y su juventud entre Cracovia y Viena.Tras la subida al poder de Adolf Hitler, Wilder se vio obligado a abandonar Berlín, debido a su ascendencia judía. Su madre moriría en los campos de concentración de Auschwitz. Estuvo en París y, desde allí, en 1934 se trasladó a los Estados Unidos, junto al actor Peter Lorre. Wilder y Lorre compartieron apartamento, hambre y momentos muy difíciles durante una temporada. Allí comenzó a trabajar como guionista para la Paramount, y tuvo la ocasión de colaborar con Ernst Lubitsch, su gran maestro. 

Fue el primer cineasta en ganar tres Premios Óscar en una misma película, con The Apartment, de 1960.


A los diecinueve años, tras ocho en una escuela para muchachos difíciles, ‘Juranek’, consigue un puesto de periodista en la redacción del diario Stunde, donde realizaba desde necrológicas hasta toda clase de entrevistas (incluso intentó entrevistar a Freud, pero éste, al saber que era periodista, lo echó de su casa). Un año más tarde parte hacia Berlín con una carta de recomendación del doctor Krienes, el corresponsal vienés de la editorial ‘Scherl-Verlag’, y entra a trabajar en el Nachtausgabe. Pero el sueldo es bajísimo y Wilder tiene que ganarse la vida como reportero independiente, encargado de comunicados de prensa en el periódico Börsen-Courier, guía turístico improvisado del director Allan Dwan en su visita a Alemania, o profesor de charlestón y bailarín en alquiler en el hotel Eden, durante dos meses.

En enero de 1927 aparece en el BZ am Mittag berlinés un reportaje, en una serie de cuatro capítulos, con el título “Camarero, un bailarín, por favor”, por el que Wilder consigue crearse cierto nombre en los ambientes periodísticos, que él, por cierto, adoraba.

Si bien Wilder sabía que en el futuro quería contar historias, el hecho que le hizo decidirse por el medio cinematográfico fue la visión, a finales de los años veinte, de tres películas que le dejan sin aliento: El acorazado Potemkin, del gran Serguei M. Eisenstein; Bajo los techos de París, de René Clair, y Muchachas de uniforme, de Leontine Sagan.


Pero la oportunidad de Wilder llegaría por casualidad. Robert Siodmak le pide que escriba el guión de Gente en domingo (1929), un filme semidocumental que fue financiado con 5.000 marcos que el después famoso director de Forajidos o La escalera de caracol había recibido de un tío suyo y que fue realizado con la ayuda técnica de otros amigos de Wilder: Fred Zinnemann, como ayudante de cámara; Edgar G. Ulmer, como ayudante de dirección; Eugene Schufftan, como fotógrafo, y Curt Siodmak, que era el otro guionista.

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Como con su trabajo de periodista no conseguía salir de pobre tuvo que escribir muchísimos guiones -antes de poder utilizar su propio nombre- como “negro” para algunos famosos guionistas alemanes, entre otros, Curt J. Braun o Franz Schulz; hasta que en 1929 o 1930, empezó a firmar sus guiones.

Hasta 1933, su nombre aparecería en diferentes colaboraciones, en unas catorce películas, cinco de las cuales fueron realizadas en los todopoderosos estudios UFA. Su primer éxito le llegó en 1932 cuando firmó el guión, junto a Walter Reisch (que años más tarde será junto con Brackett y el propio Wilder el coguionista de Ninotchka) de Ein Blonder Traum.

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Pero a principio de 1933, con la subida al poder de Hitler, Wilder se ve obligado a abandonar Berlín con destino a París, donde vivió hasta enero de 1934, año en que marcharía hacia los Estados Unidos. Aún así, todavía le dio tiempo a dirigir una película, su debut en la dirección, por pura necesidad y sin ninguna experiencia, como declararía más tarde el director de origen vienés: Curvas Peligrosas (1933), un filme curioso en la filmografía de Wilder quien, como no tenía apenas presupuesto, se vio forzado a realizar en escenarios naturales, por lo que ha sido modelo muchas veces de movimientos tan renombrados como la ‘Nouvelle Vague’ y el ‘Neorrealismo’.

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El 22 de enero de 1934, Wilder conseguía gracias a un contrato con la Columbia para llevar a cabo un film (Pam Pam, que nunca se hará), un visado de turista de tres meses y se embarcaba para Nueva York. Dos días después de su llegada a la costa Este, cogía un tren para Hollywood, donde al principio compartió habitación de hotel con el actor Peter Lorre. Pero su visado de turista caduca y no tiene más remedio que inmigrar a México para conseguir un auténtico permiso de inmigración. Allí lo consigue y regresa a Hollywood, donde colaborará, a veces sin acreditar, en el guión o en otros apartados en diversas producciones.

Conoce entonces las mieles del éxito como guionista para Ernst Lubitsch: la genial La octava mujer de barba azul (1938), donde imagina uno de los más maravillosos comienzos del cine, el del pijama en los grandes almacenes, y Ninotchka (1939), una obra de arte absoluta; para Howard Hawks: Bola de fuego (1941), otra enorme película, y para Mitchel Leisen: Medianoche (1939), Arise My Love (1940) y Si no amaneciera (1941). Es precisamente este director, Leisen, el que a la postre determinará que Billy Wilder se pase a la dirección, y que nadie, ningún otro director, vuelva a estropear uno de sus guiones. Y comienza su carrera como escritor y director de sus propios guiones, siempre, no lo olvidemos, coescritos con algún otro guionista.

A partir de aquí, la obra como director y guionista de Wilder es tan intensa que resulta prácticamente inabarcable. Posee tal cantidad de registros, de géneros, de inteligencia y con tanta calidad y personalidad que resulta apabullante. Es sin lugar a dudas uno de los grandes directores y escritores de cine de toda la historia, además de ser el mejor guionista con diferencia, claro exponente de lo cual es el hecho de que los autores que con él escribieron, nunca alcanzaron en solitario las mismas cotas de inteligencia, sagacidad, sarcasmo e ironía que consiguieron con Billy Wilder.

Menos el western y la aventura exótica, Wilder se adentró en todos los géneros cinematográficos y todos los dominó con sorprendente pasmosidad. Cuando estrenó Perdición en 1944 dio la impresión de que había estado dirigiendo films negros toda la vida. Lo cierto es que, ayudado en el guión por el gran escritor Raymond Chandler, la adaptación de Wilder de la novela de James M. Cain Double Indemnity figura entre los grandes clásicos como uno de los más perfectos y más representativos del llamado film noir. Así, Wilder, en posesión de un estupendo guión realista y fiel a la obra original, no olvida absolutamente nada para hacer honor al género: la fotografía de John Seitz se acerca voluntariamente al realismo de los hechos diversos en los periódicos (de donde se inspiró Cain para su novela), mientras que Wilder describe a los personajes víctimas de un destino contrario e incapaces de escapar a él. Retrato de una pareja criminal, Perdición es también la radiografía, desencantada, de una América inquieta que, no lo olvidemos, aún está inmersa en plena Segunda Guerra Mundial.


Su debut como director en Hollywood tomó cuerpo por fin en 1942, con la comedia romántica al estilo ‘screwball’ de Hawks o Preston Sturges El mayor y la menor, con una Ginger Rogers maravillosa, con trenzas o no, y Ray Milland, y Charles Brackett como coguionista de una historia hoy día todavía muy recomendable, llena de ritmo y encanto, en la que se empiezan a notar las excelentes dotes como narrador cinematográfico que tenía Wilder.

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En estos primeros años no abordaría Wilder, excepción hecha de El mayor y la menor, el género por el que será eternamente reconocido, la comedia. Dirigió una película bélica y de espías, la estupenda Cinco tumbas al Cairo (1943), con un Erich von Stroheim soberbio en el papel de Rommel y Franchot Tone como el oficial británico que se hace pasar por un camarero cojo que después resulta ser un agente nazi. Aun así, Wilder y Brackett supieron impregnar el filme con toques de humor y románticos, a cargo de Tone y una guapísima Anne Baxter.

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Bordaría luego Wilder tres dramas absolutamente antológicos: Días sin huella (1945) -por el que obtuvo sus dos primeros Oscars y la Palma de oro en Cannes-, El crepúsculo de los dioses (1950) -su tercer Oscar- y El gran carnaval (1951).

La primera, una innegable obra maestra, es el drama de un hombre (Ray Milland) hechizado por la bebida y, a la vez, el reflejo de una ciudad (Nueva York) norteamericana de la postguerra. Wilder, uno más de esa generación de cineastas recién llegados que escriben guiones en los que se habla abiertamente del racismo, del antisemitismo y del drama de antiguos combatientes decepcionados por su regreso, que el cine negro testimoniará como ninguno, toma conciencia de esto último y construye la película como si de un film noir se tratase. La manera en que es utilizada la música de Miklos Rozsa, el hecho de que eligiese rodar ciertas escenas en plena calle para aumentar el realismo y la forma en la que dirige a Milland contribuyeron a este grandioso resultado. Frank Costello, el capo de la mafia del alcohol por aquellos tiempos, juzgando el filme nefasto para su actividad, quiso comprarlo para destruirlo. No lo consiguió, y el publicó la adoró.

El crepúsculo de los dioses es un prodigio de narración (humor negro y cinismo) y de realización técnica, y marca el final de su colaboración escritora con Charles Brackett. Con uno de los arranques más originales y memorables del cine (el protagonista cuenta en off su propia muerte, flotando en una piscina que siempre quiso poseer), Wilder describe con crueldad las veleidades del Hollywood glamouroso, introduciendo la cámara en los recuerdos de una de sus divas (Gloria Swanson), que vive encerrada en su mansión entre memorias de felicidad, amigos excéntricos pero creíbles y realidades decadentes, y cuidada por su mayordomo, su ex-marido y ex-director, paradójicamente interpretado por el que fue su director real en la desastrosa La reina Kelly, Erich von Stroheim. William Holden es un guionista en horas bajas que se ve atrapado por la vieja gloria de antaño, que le someterá, en muchos sentidos.

El gran carnaval, uno de los pocos grandes fracasos de público en la carrera de Wilder -los otros serían El héroe solitario (1957), biografía del aviador Charles Lindbergh, el mayor desastre financiero de la historia de la Warner Bros., y Bésame, tonto (1964)- resulta ser una de las preferidas de Wilder y una sardónica y cínica recreación del mundo periodístico (y de las masas ávidas de sensacionalismo), que tan perfectamente conocía el director vienés.


Entre Sabrina (1954) y   primera de una larga colaboración con I.A.L. Diamond, dos comedias románticas al estilo Lubistch, Wilder deja caer La tentación vive arriba (1955), una comedia satírica de las costumbres humanas, algo en lo que le gustará abundar más adelante. El filme, interpretado por Marilyn Monroe y por Tom Ewell, que hace el papel del típico americano medio, casado, obsesionado por el sexo y el psicoanálisis, contiene uno de los fotogramas más reproducidos de la mitología hollywoodiense (aquel en que la Monroe muestra sus muslos al pasar por un respiradero del metro) y una inteligente denuncia de las obsesiones sexuales y las frustraciones del hombre medio americano. 


Antes y después, Wilder se desmarca con un increíble drama bélico, Traidor en el Infierno (1953), con Holden en la interpretación que le valió su único Oscar, y con una prodigiosa y fiel adaptación de una obra de teatro de Agatha Christie, Testigo de cargo (1958).


A partir de 1959, Wilder escribe, dirige y produce totalmente sus películas (serán distribuidas por la ‘Mirisch Corporation’ a través de ‘United Artists’), con lo que llegará su mejor periodo. Obra maestra tras obra maestra se sucederán y ellas forjarán el enorme prestigio de Billy Wilder.

Este año aparece su gran comedia burlesca, Con faldas y a lo loco, irónica (“nadie es perfecto”) y satírica a partes iguales, con sus inteligentes confusiones históricas, disfraces, situaciones cómicas y sus acerados diálogos, razones que hacen de ésta una obra maestra. Disfrazados de músicos femeninos, Tony Curtis y Jack Lemmon recogen la gran tradición burlesca, permitiendo a Wilder satirizar y remodelar las vertiginosas variaciones sobre las relaciones entre mujeres y hombres.

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Un año después El apartamento (1960) inicia la década de comedias ácidas, irónicas y satíricas que hicieron tambalear las costumbres de la sociedad norteamericana de los sesenta. El apartamento está hecha con tanto talento que resulta imposible enumerar sus aciertos: cómo Wilder mezcla el drama y la comedia, pasando del realismo social a la comedia de costumbres; el retrato de ese ciudadano medio, entre su televisor y sus platos precocinados, que deja su apartamento para ascender en su empresa. Amarga y tierna, original y genial Wilder materializa, sin hipocresías y sin idealismos, la más feroz y crítica sátira de la sociedad norteamericana de ayer y de hoy.

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Persistirá en la misma línea con Uno, dos, tres (1961), donde critica y se mofa de la expansión americana a través de la Coca-cola, del mundo de los negocios, de la injerencia de los Estados Unidos en la economía europea; pero cuando el filme se estrenó (fue un pequeño fracaso), el público no estaba de humor como para encontrar la mínima gracia en esta tragedia encubierta.

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Raramente Wilder ha sido más corrosivo que aquí y nada está a salvo de su afilado intelecto: muestra las costumbres de la típica familia americana, coloca en el mismo rango a capitalistas y comunistas, ataca a los alemanes por su conducta en la época del nazismo, y consigue la más maravillosa y delirante sátira que podemos imaginar sobre el universo de los negocios. Y todo ello, a una impresionante velocidad de vértigo, conducido por un James Cagney a todos los efectos memorable.

Y si en Irma la dulce (1963), Wilder abraza las clases más desfavorecidas y supuestamente más criticables de la sociedad, y en Bésame, tonto (1964), ridiculiza, de nuevo, sin ningún escrúpulo la vida cotidiana americana, donde los personajes son más ambiguos que nunca.


En la magistral En bandeja de plata (1966), el filme que cierra la década, Wilder denuncia, con más cinismo incluso que en El Apartamento y con la inestimable ayuda de Jack Lemon y Walter Matthau, una sociedad desprovista de ideales y gangrenada por la carrera del dólar en mundo corrompido y poco simpático.

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Después de haber realizado este inmejorable ramillete de retratos de la vida americana contemporánea, Wilder sentirá la necesidad de cambiar de lugar y de época, renunciando al realismo americano por la novelesca época victoriana: La vida privada de Sherlock Holmes (1970). Junto a su guionista Diamond, Wilder, en plena vena creadora, deja correr su imaginación e inventa una variación policial alrededor de los personajes de Conan Doyle sin utilizar ninguno de sus relatos o novelas. El resultado, pese a que fue mutilado, es un auténtico regalo.

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Entre la macabra pero sutil comedia ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (1972), la espléndida, y a veces subestimada, Fedora (1978) y la entretenida comedia negra Aquí un amigo (1981), su último filme, remake de un filme francés de Molinaro, Wilder lleva a cabo una versión de la célebre obra de Ben Hecht y Charles McArthur, Primera plana (1974), tantas veces llevada al cine y a la altura de la mejor, la de Hawks del cuarenta (Luna nueva).

Si en sus comedias satíricas ironizaba sobre la cultura norteamericana, Wilder caricaturiza aquí, con mordacidad y maldad, con la virulencia cómica que tanto le gusta, el mundo de la prensa, la actitud de los periodistas, dispuestos a todo por descolgar un teléfono antes de que lo haga la competencia. Situada en 1929, en vísperas de la Gran Crisis, esta sátira endiablada que no evita en ningún momento lo escabroso permite al cineasta arreglar, otra vez más, cuentas con la Norteamérica de sus sueños reales, del orden y la tradición, mercantil y represiva.


Con seis Oscars en su haber (y otras catorce nominaciones más), en sus diferentes facetas de productor, guionista y director, aparte del ‘Irving G. Thalberg Memorial Award’ concedido en 1987 por toda su carrera cinematográfica, este vienés de nacimiento ha sido el crítico más firme, ácido, inteligente y serio de la sociedad de un país al que amaba; un gran director de cine y el mejor guionista de la historia. El maestro.


Vida personal 

Wilder se casó con Judith Coppicus el 22 de diciembre de 1936. La pareja tuvo gemelos, Victoria y Vincent (nacidos en 1939), pero Vincent murió poco después del nacimiento. 

Se divorciaron en 1946. Wilder conoció a Audrey Young en Paramount Pictures en el set de The Lost Weekend en 1945, y ella se convirtió en su segunda esposa el 30 de junio de 1949. Permanecieron juntos hasta su muerte. 


En 1981, dirigió su última película, Aquí, un amigo. A partir de entonces, las compañías aseguradoras ya no querían asegurar películas suyas, debido a su avanzada edad.


Muerte 

Wilder murió en 2002 de neumonía a la edad de 95 años después de luchar contra problemas de salud, incluido el cáncer, en su casa de Beverly Hills, California. Fue enterrado en el cementerio Westwood Village Memorial Park en Westwood, Los Ángeles, cerca de Jack Lemmon y Walter Matthau

La cripta de Marilyn Monroe se encuentra en el mismo cementerio. Wilder murió el mismo día que otras dos leyendas de la comedia: Milton Berle y Dudley Moore . Al día siguiente, el periódico francés Le Monde tituló su obituario de primera plana, “Billy Wilder muere. Nadie es perfecto”. – citando la última línea de mordaza en A algunos les gusta caliente .

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Lápida de Billy Wilder en Westwood Memorial, con el texto: “I’m a writer but then nobody’s perfect” (“Soy escritor, pero nadie es perfecto”).

Filmografía

Dentro de su filmografía, pueden encontrarse trabajos como director y como guionista, tanto de trabajos propios como de otros directores:

Como director

Premio y nominaciones

Premios Oscar

CategoríaPelículaAñoResultado
Mejor directorPerdición1944Nominado
Días sin huella1945Ganador
El crepúsculo de los dioses1950Nominado
Traidor en el infierno1953Nominado
Sabrina1954Nominado
Testigo de cargo1957Nominado
Con faldas y a lo loco1959Nominado
El apartamento1960Ganador

Como guionista

Festival Internacional de Cine de Cannes

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